Veía el sábado las imágenes que transmitía la televisión chilena, sobre el terremoto que afectó a gran parte del país, del que aún se desconoce el número de víctimas fatales.
Las cámaras recorrían Santiago, Viña del Mar y Valparaíso, ciudades que, si bien no fueron las de más alta intensidad sísmica, son las de mayor concentración humana y, por lo tanto, edilicia.
Conocí estas ciudades hace dos meses, en oportunidad de pasar allí el último fin de año. Veía en la pantalla edificios que me resultaban familiares y que ahora estaban parcialmente desmoronados; autopistas por las que había transitado, ahora quebradas o con puentes caídos; veía las pintorescas y frágiles casas de Valparaíso que “cuelgan” del cerro, muchas de ellas destruídas. Un desastre.
En determinado momento, las cámaras comenzaron a emitir desde la ONEMI (Oficina Nacional de Emergencias del Ministerio del Interior), organismo que centraliza toda la tarea logística relacionada con esta catástrofe, cuya sede central se encuentra en el Palacio de la Moneda. Se veía allí al personal trabajando. Entre ellos, frente a un escritorio y como si fuera un empleado más, estaba una mujer de pie, leyendo unos informes. El traje sastre gris, el pelo corto y su baja estatura, la delataban. Era la Sra. Michelle Bachelet, Presidenta de la República de Chile.
Estaba allí, sola y espontánea, sin empalagosos miembros de su gabinete alrededor, tratando de no llamar la atención ni molestar a nadie, sin lucir costosos modelitos ni carteras de alta gama, sin peinado recién salido de la peluquería, con el rostro sereno, sin posar para los fotógrafos, sin discursos agresivos frente a audiencia obsecuente, y comparaba. Comparaba y pensaba. Pensaba cuánto más confiable es un presidente sin soberbia.

